Escuela en construcción
Los llamaban los jóvenes zombis. Solían deambular por las calles de Merlo con la mirada perdida. Cuarenta años después, poco se sabe de ellos. Cuando ocurrió la tragedia que marcó sus vidas, circulaban todo tipo de explicaciones, que no eran más que rumores mentirosos para encubrir la incompetencia de los responsables. No existían los celulares y los teléfonos de línea escaseaban en el conurbano bonaerense, por tal motivo la incomunicación fue una de las causas del desastre.
El hecho ocurrió el viernes 14 de
noviembre de 1980, en la Escuela de Educación Técnica Nº1 de Merlo. El edificio
estaba en construcción, las aulas y los talleres tenían paredes de ladrillos a
la vista, pisos sin baldosas y techos de chapas. Todos los salones estaban
aislados entre sí y se comunicaban con un gran patio a cielo abierto. Como en
toda obra, el polvo cubría todas las superficies.
El último día hábil de la semana se vivía
en el establecimiento un clima distendido, la directora no estaba a la tarde y
la secretaria se retiraba temprano. Por lo tanto, ningún docente quería dar
clases las últimas horas del viernes, ya que sin autoridades y el cansancio
acumulado, el alumnado estaba más inquieto.
Con mucho esfuerzo la profesora de Historia,
casi una desconocida en la comunidad educativa, trataba de captar la atención de
sus alumnos. Todos eran varones y ninguno estaba interesado por los
acontecimientos históricos. Por lo tanto, a duras penas conseguía que los
chicos trabajaran en clase. Esa tarde, los alumnos de segundo año, por miedo a
llevarse la materia a diciembre, trabajaron de una manera inusual. Estaban tan
concentrados en la actividad, que no escucharon el timbre. Cuando la docente
miró el reloj, ya habían pasado diez minutos de la hora de salida.
“Chicos, es tarde. Tenemos que salir”,
ordenó la profesora. Los alumnos entregaron sus trabajos y guardaron sus útiles
en las mochilas. Cuando salió el último adolescente, la docente cerró su
cartera y siguió la fila india hacia la puerta. Los chicos se amontonaron
frente al descascarado portón metálico y al unísono gritaron: “No abre, el
auxiliar se fue y nos dejó encerrados”.
Ante su sorpresa, la joven trató de
calmar a los chicos y se dirigió a la dirección, donde estaba el único teléfono
del establecimiento. Con tristeza y desesperación, comprobó que el salón estaba
cerrado bajo siete llaves. Ante toda dificultad siempre hay un plan B. Los
chicos comenzaron a golpear la puerta y a gritar, con la esperanza que alguien
los escuchara. Lamentablemente, en ese momento se desató una tormenta que alejó
de las calles a los posibles transeúntes. La lluvia, los relámpagos y los
truenos acompañaron la desesperación del grupo.
Todos se concentraron en la única aula
abierta. Mientras los chicos apaciguaban su apetito y ansiedad con las pocas
golosinas que habían quedado en el fondo de sus mochilas, un joven encendió una
pequeña radio a transistores que había llevado para escuchar un partido en el
regreso a su casa. Mientras sintonizaba el pequeño aparato, una frase de un
solemne locutor le hizo clavar el dial en una estación. “Último momento, una
profesora y un grupo de alumnos de un colegio industrial de Merlo
desaparecieron esta tarde. El auxiliar del establecimiento aseguró que la
docente se retiró con sus alumnos a las 19:00, sin embargo los familiares de
los menores realizaron la denuncia policial porque ninguno regresó a su hogar.
Los padres de la docente afirmaron que ella tampoco está en su vivienda”. A
partir de ese momento, los periodistas comenzaron a desarrollar las hipótesis
más disparatadas, desde tráfico de personas hasta el accionar de una secta
misteriosa.
Tras horas de espera, se cortó la luz. La
temperatura comenzó a descender. Los chicos tenían frío. El techo de chapa no
resistió la copiosa caída de agua y mostró con todo esplendor sus numerosas
goteras. Llovía con la misma intensidad afuera y adentro del salón. El piso se
cubrió de agua hasta una altura de diez centímetros. Todos estaban empapados.
En medio de la oscuridad, se escuchaban sollozos, rezos y súplicas.
Hasta el amanecer, el frío y la humedad
hicieron temblar los cuerpos. Cuando paró la lluvia, una poderosa ráfaga
arrancó íntegramente el techo del aula. Las chapas volaron con fuerza hacia al
patio y lastimaron a dos alumnos que habían salido asustados por la situación.
La docente trató de vendarles las heridas con un pañuelo y una chalina.
Mientras la mujer atendía a los alumnos, una viga pesada de madera cayó sobre
su cabeza. Los alumnos sólo atinaron a realizar una aspiración profunda, antes
de escuchar el golpe seco que produjo el impacto del cuerpo de su profesora
sobre el piso.
Sin respuestas del exterior, sin la guía de un adulto, los chicos decidieron juntarse y esperar. Amontonados y tiritando en un rincón de lo que quedaba del aula, sin moverse y ni siquiera llorar, pasaron todo el fin de semana.
A nadie se le ocurrió pensar que los
alumnos y la joven mujer aún estaban en la escuela. Ni siquiera el eficiente
inspector de la Policía Bonaerense sospechó que el auxiliar había mentido.
A las siete de la mañana del lunes, se
abrió el portón de la escuela. Entró la directora rodeada de micrófonos y
cámaras de TV. Los auxiliares comenzaron
a juntar las chapas del patio y a limpiar los destrozos generados por la
tormenta. Tardaron una hora en descubrir en el rincón de un aula sin techo al
grupo perdido. Los alumnos, en estado de
shock, tenían la mirada fija en el cadáver de su docente.
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